Hace muchos años, en un pueblito escondido al pie de una sierra florida, vivía una familia de campesinos cuyo jefe se ocupaba en la tala de los árboles en el bosque que circundaba la aldea. Su mujer atendía a los trabajos de la casa, además de cultivar un jardincito y un pequeño huerto. Su hijita, que había cumplido ya diez años, concurría la escuela del pueblo. Habían puesto de nombre al bautizarla Alicia, pero como usaba con frecuencia un bonete o una caperuza colorada, con que cubría la cabeza o dejaba echar de graciosamente sobre sus espaldas, los vecinos dieron en llamar la caperuza o Caperucita Roja o más sencillamente, Caperucita.

Era Caperucita, una niña muy linda: ojos azules, cabellera rubia. Quería mucho sus padres; era prolija en el aseo, atenta en la escuela y servicial con todos. Pero tenía un defecto que no había podido corregir. Se distraía con frecuencia y se olvidaba de las recomendaciones y consejos que sus papás le daban. Tenían sus padres una linda huerta, en la cual cultivaban verduras, árboles frutales y gran variedad de flores. En un rincón habían colocado ahora colmenas de hermosos colores en las cuales las activas abejas, convertían en dulce miel el néctar que, sin gran molestia, libaban de las flores cercanas.

La mamá había recomendado mucho a Caperucita que nos acercará ellas y se lo recordaba con mucha frecuencia. La niña atemorizada por lo que oía decir de los aguijones de las abejas, obedeció un tiempo. Pero había, junto a las colmenas, un frondoso cerezo, cuyos encarnados frutos, la atraían irresistiblemente. Y un día entonces cayó en la tentación. Como ese día no tenía que ir a la escuela, después del desayuno, se fue a jugar un rato al huerto, mientras que su madre barría y aseaba la casa.

Poco a poco se fue acercando al árbol, sin dejar de mirar con frecuencia la casa.

¡Caperucita! – gritó su madre desde adentro.

– Ya sabes que hoy va a venir a almorzar la abuelita con nosotros. Voy a salir a la feria a comprar algo, tú mientras tanto, cuida de la casa y atiende si alguien llama.

– Muy bien, mamá. Así lo haré- dijo Caperucita.

– Junta las flores más hermosas que encuentres, dijo la mamá – y forma con ellas un ramillete para poder poner en el centro de mesa del comedor. Pero te recomiendo, no te acerques al colmenar.

La niña se iba acercando a la casa y acompañó a su mamá hasta la puerta.

– Te repito, cuidado con las abejas Caperucita – le dijo su madre mientras cerraba tras de sí la puerta del patio de entrada.

– Bueno mamá, pierde cuidado que me portaré muy bien

Apenas Caperucita se vio sola, sacó una escalerita que había en el gallinero y se fue con ella hacia el cerezo, la apoyó en el tronco del árbol y trepada como una ardilla, empezó a devorar cuanta frutas estaban a su alcance. Cuando estaba en lo mejor, llamaron a la puerta. Ella hizo como que si no oyera y siguió comiendo cerezas. Por lo que la vecina, pues era ella, después de esperar inútilmente, decidió volverse a su casa con el rico pastel que traía de regalo para la abuelita, pensando que no habría nadie en la casa.

Caperucita llevó la escalera a su lugar y empezó a juntar flores, sin hacer caso de los repetidos llamados, que desde la puerta hacía una ancianita que su madre, había encontrado en el camino y había enviado a su casa.

Suponiendo la viejecita que no habría nadie dentro y como era de confianza, entró en la cocina, dejó la fruta que la dueña le había encargado y se alejó anunciando a gritos su mercadería: ¡frutas, frutas, verduras!

Entretanto la niña que se había hecho tarde y que su mamá no tardaría en volver, se apresuró entonces a reunir las flores que necesitaba, y viéndolas tan hermosas y en gran cantidad, cerca del colmenar se fue ya sin vacilar, olvidándolos consejos de su mamá.

Las abejas se alborotaron y se rodearon en gran número. Asustada ella, por los zumbidos, viéndose perdida, echó a correr. Es lo peor que podía habérsele ocurrido. Las abejas la persiguieron y en un breve instante se vio acosada por todas partes. Sus manos y su cara empezaron a hincharse por las múltiples picaduras y ella, sin saber qué hacer ante un castigo tan elocuente, solo acertó a sentarse en un banco rústico que bajo el parral había y se puso a llorar amargamente.

En esto, llamaron a la puerta y ella, secándose las lágrimas con el delantal, corrió asomarse a la ventana para ver quién era. Vio la abuelita que, vestida de fiesta y con canastito en el brazo, se dirigía hacia la cocina por el patiecito de entrada. Había salido temprano de su casa con ánimo de ir caminando, pero se encontró con un conocido que la invitó a subir a su carro, por lo cual llevó mucho antes de lo previsto.

Caperucita se apoyó en su mesa y se puso a llorar de nuevo de pena y de vergüenza. Tantos y tales eran sus sollozos que la abuela alarmada, dejó precipitadamente sobre la mesa de la cocina cuanto traía y fue corriendo al comedor donde estaba la niña.

Trató en vano de consolarla y conocer el motivo de su llanto durante largo rato. Entonces llegó la mamá e impuesta de todo lo ocurrido, le prodigó sus maternales cuidados. Llamó luego al médico, el cual le recetó una pomada que le hizo sufrir horriblemente. La niña, atolondrada como Eva, hubo de pasar el día en cama y soportar, además del dolor de las picaduras, La amarga reprensión de su padre cuando llegó y se informó de lo ocurrido.

Como si fuera poco, a todo esto, se juntó un fuerte dolor de estómago a causa de la gran cantidad de cerezas que había comido. Caperucita, lloraba desconsoladamente y prometía a sus padres que nunca más les iba a desobedecer. Su propósito, Sin embargo, no fue duradero porque al poco tiempo al cruzar un puente sobre el arroyo para llevar la merienda a su padre, que trabajaba en el bosque, olvidó la recomendación de su mamá:

– Caperucita, atraviesa el puente por el centro – le había dicho ella-, no te apoyes en las barandas de los costados porque están flojas y podrías caerte.

Y al olvidarlo, Caperucita, cuando llegó la orilla del río, se puso a seguir una mariposa que revoloteaba sobre una de las flores tan al borde del puente, hizo que la tabla carcomida por el tiempo, cediera. Caperucita resbaló, quiso agarrarse de las barandas, una estaba tan floja, que la niña cayó al río.

Felizmente a pocos metros allí, estaba su padre aguardando la vianda. El hombre corrió y consiguió sacar a Caperucita cuando la corriente comenzaba arrastrarla. El remojón sufrido tuvo la chica varias semanas en cama y aunque levantarse, prometió corregirse y seguir más fielmente los consejos de la mamá, pronto volvió olvidarlos; hasta que un episodio terrible le curó definitivamente de todas sus distracciones.

Era otoño cuando todavía el campo está florido, pero empiezan a sentirse los primeros fríos. Caperucita acababa de regresar de la escuela y se disponía a guardar sus libros y cuadernos. Cuando un aldabonazo sonó la puerta.

– Fíjate por la mirilla para ver quien es – le dijo su madre. La niña se acercó y distinguió al umbral a un leñador, vecino de su abuelita, que vivía en una aldea cercana, más allá del bosque que circundaba el pueblito.

– Buenos días, Caperucita, – dijo el hombre – me envía tu abuelita a decir a tu mamá, que no podrá venir mañana, porque el cambio de tiempo la ha enfermado y guarda cama desde ayer. Me ha encargado también, le entregué estas manzanas que pudo recoger todavía, son las últimas, pero están muy buenas.

Dicho esto, el leñador saludó amablemente, dejó el paquete sobre el umbral de la puerta y se retiró. Enterada del mensaje, la madre abre la puerta para recoger las manzanas y dijo a Caperucita:

– Tenemos que ir a ver a la abuelita. Voy a preparar unos remedios y se lo llevarás mañana temprano, con la tarde después que prepara el almuerzo para papá, iré yo también y regresaremos juntas. Ahora vete a estudiar.

Cuando al día siguiente, penetró por la rendija de la ventana el primer rayo de sol en el dormitorio de Caperucita, La niña abrió los ojos y recordó su proyectada visita. Se vistió con rapidez, tomó su desayuno y preparó una canasta con los remedios y obsequios que debía llevar a la abuelita del bosque. Es peligroso, dijo su madre, Caperucita. No te detengas con nadie ni converses con desconocidos. Toma el camino del medio que más polvoriento, pero más seguro y directo, no olvides cuanto te encargo.

Dio Caperucita un beso a su madre, prometió seguir sus consejos y alegre y saltarina se encaminó al bosque. Cuando llegó el punto donde comenzaba la espesura, dos rutas abrían ante sus ojos La de la derecha cubierta de polvo, porque en el camino más transitado, por peatones y por carretas, y la ruta de la izquierda, alegremente cubierta de hierba, precisamente porque eran escasos los carros que por ella marchaban.

Este último camino le había sido prohibido por su madre. Pero, era tan lindo. Las copas de los árboles se inclinaban sobre él y tendían sobre él una especie de maravilloso dosel verde, salpicado con frecuencia con muchas flores de muchos colores. Las mariposas atraídas por estos colores volaban en gran cantidad y Caperucita, olvidando la prohibición materna, tomó ese camino persiguiendo las mariposas que revoloteaban en su derredor.

Cuando el camino comenzó a estrecharse, allí donde los árboles eran más robustos, vio a lo lejos, la, silueta inconfundible del lobo. Se detuvo sorprendida, el lobo se aproximó lentamente, haciéndole reverencias y saludándola muy cortésmente. Claro que de muy buena gana se hubiese devorado allí mismo a Caperucita, pero ese lugar no era todavía el centro del Bosque; aunque no muy transitado, de vez en cuando pasaba alguna carreta; también a distancias pequeñas, se encontraban así leñadores trabajando, que hubiesen en corrido, sin duda, en socorro de la niña, sustrayéndola a su voracidad y dándole a él terrible muerte. Por eso, disimulando son malos deseos, el lobo le dio melosamente los buenos días:

– ¿Cómo estás, Caperucita? Cada día te pones más bonita.

No respondió al instante la niña, recordando los consejos de la mamá que le había prohibido detenerse y más aún, conversar con desconocidos. Pero pronto olvidó la advertencia materna, adulada en su vanidad por las alabanzas mentidas del lobo, que siguió diciéndole:

– ¡Qué lindo vestido Caperucita!, ¿a dónde vas tan elegante? Caperucita bajó la vista ruborosa y respondió:

– A ver a mi abuelita que está enferma. El lobo Entonces le pregunto con interés:

– Y ¿dónde vive tu abuelita?, ¿está sola? – Mi abuelita -, respondió Caperucita – vive en la aldea que está detrás del bosque, ahora está sola y yo voy a hacerle compañía llevándole unos remedios. Por la tarde vendrá mamá a buscarme porque el bosque es muy peligroso.

– Claro que sí, dijo hipócritamente el lobo – y ajustándose los anteojos, añadió:

– Mira, ¡qué coincidencia!, yo también tengo que ir a esa aldea, pero como estoy muy apurado iré corriendo. Y diciendo y haciendo, se echó a correr con todas sus fuerzas.

Caperucita siguió el camino lentamente, recogiendo algunas flores, tejiendo con ellas ramilletes y distrayéndose de vez en cuando para seguir el vuelo de las mariposas, que revoloteaban alegremente, poniendo en el espacio una nota de alegría y virtuoso colorido. Y no sin darse cuenta, se fue alejando del campo y se internó en el bosque.

No pensaba en los peligros ni las observaciones de su buena mamá y se detenía conversar con cuantos seres vivientes hallaba en su camino. Una ardillita que la vio trepó temerosa, un alto pino y desde allí empezó a tirarle piñas de las muchas que su nido tenía. Caperucita les llamó con dulces palabras, el gracioso animalito descendido hacia ella con cierto recelo que pronto se convirtió en alegre familiaridad.

La niña le obsequió con maní y avellanas de las que llevaba en su canastito, jugó con ella, le acarició su larga y peluda cola y hasta les tiró los mostachos en señal de cariño. La ardilla lanzó un fuerte chillido al que pronto hicieron eco muchas otras, desde la copa del árbol, despidiéndose con muy buenos modos de Caperucita y trepó veloz a convidar a sus hijitos con lo que la niña le había traído.

Esta prosiguió su camino, o por decir mejor, siguió internándose en el bosque. A Lo lejos le pareció oír de los ladridos de un perro, por lo que supuso, que estaría cerca de algún leñador. Siguió andando, andando y pronto se vio frente a un cercado de piedra, dentro del cual había una casita de piedra también con la puerta y una ventana.

El perro le salió al encuentro, pero no le hizo daño alguno porque ella le echo unos trocitos de pan y luego lo acarició.

– ¿Dónde vas, hermosa niña? Le preguntó el perro.

– Ando perdida por el bosque, – respondió Caperucita – tomé el camino equivocado, seguí luego senderos angostos y así he llegado hasta aquí.

– Siento mucho no poder acompañarte, – dijo el perro – mi dueño me ha encargado el cuidado de las ovejas que están dentro de este corral y no me puedo alejar, pues si viniera el lobo, arrebataría algún tierno corderito. Sigue por este sendero que pronto te conducirá a la choza de unos leñadores muy buenos que te guiarán, pero descansa un rato que debes venir muy fatigada.

Así diciendo, le abrió la puerta y ambos entraron al corral. La niña se entretuvo largo rato con los corderitos. Uno de ellos les llamó especialmente la atención: era pequeñito y su lana blanca como la nieve, parecía un vestido de seda de Inmaculada belleza. Caperucita lo tomó en sus brazos lo acarició y dijo al perro guardián:

– ¡Cómo me gustaría tener un corderito como este!, ¿Me lo regalas?

– Con mucho gusto lo haría hermosa niña, pero no está mi dueño – dijo el perro – y no puedo hacer nada más. Ven cuando él vuelva y sin duda te lo obsequiará, es muy bueno y generoso.

La niña le puso una cintita roja el cuello y lo soltó entre todos los demás. Luego se despidió del buen perro, muy agradecida, y se alejó de allí. No tardó mucho en llegar al lugar donde los señores estaban. Entre ellos se encontraba el mismo vecino que había ido a informar de la enfermedad de la abuelita a la mamá de la niña. Ella lo reconoció y le contó todas sus aventuras. El hombre la acompañó hasta el polvoriento camino que nunca debió haber abandonado y luego la dejó continuar sola su camino hacia la aldea.

Como era tarde ya no se detuvo más a recoger flores. Dejó volar tranquilas a las multicolores mariposas y se contentaba con saludar con una atenta sonrisa cuantos pasan por el camino, que a esa hora eran muchos.

Entre tanto, el lobo había llegado a la casa de la abuelita, que estaba en un lugar solitario de aldea y forzando la voz para fingirla infantil, dijo con voz melosa:

– Abuelita, abuelita- Y al mismo tiempo daba fuerza aldabonazos sobre la puerta.

Una voz apagada, susurró en el interior:

– ¿Eres tú, Caperucita?

– Sí, soy yo, – respondió el lobo con la voz falsa, añadiendo: – ¿cómo se hace para entrar?

Un carraspeo, indicó la molestia de la abuela: – ¡Criatura de Dios!, ¿te has olvidado? Cabeza de chorlito, mil veces entrado y salido, ahora me preguntas ¿cómo se abre la puerta? ¿No sabes que alzando el pestillo, sacando el felpudo, empujando a la derecha y levantando la puerta?, dijo la abuelita. La abuela seguía dando instrucciones, pero el lobo ya no la oía, porque con las últimas palabras, ejecutando diestramente las instrucciones, que tal para él eran reproches, se había introducido en la casa y plantado en tres saltos sobre el umbral dormitorio.

Un grito de horror exhaló la abuela al divisar la siniestra figura que se recortaba en el vano de la puerta, pero la desdichada, no pudo repetir el grito porque de un zarpazo el animal, la despojó de la cofia y un segundo después, se había devorado a la abuelita.

Relamiéndose, el lobo hasta la puerta llegó y con gran cuidado la cerró procurando dejar el pestillo en la misma forma que lo había hallado. Volvió al dormitorio, se puso la cofia de la abuela y se metió en la cama adoptando la postura que la anciana acostumbraba para poder engañar a la niña cuando llegase.

Un buen rato después, un pequeño aldabonazo, indicaba la llegada de Caperucita; como acostumbraba hacerlo otras veces la niña, luego denunciar su presencia con el aldabonazo, alzó el pestillo, sacó el felpudo, empujó la puerta hacia su derecha y se introdujo en la casa.

– ¿Cómo estás, abuelita? Preguntó al entrar el domingo al dormitorio.

– Muy bien, hijita- respondió el lobo con voz de falsete.

Caperucita se detuvo un poco amedrentada. Le extrañaba la voz de su abuelita, tan distinta de la que le conocía.

– ¡Qué voz tan rara tienes hoy, abuelita! -, dijo Caperucita. El lobo carraspeó para disimular y explicó amanera de disculpa:

– Es el resfrío, querida, que me tiene un poco ronca. Pero ven, acércate.

Lentamente Caperucita se aproximó el lecho, colocando la cesta sobre la cómoda, explicó el origen y el destino de cuando traía:

– Este ungüento es para las espaldas, lo ha hecho mamita con grasa de potro. Estas hierbas son para vivir y tomar baños. Esta pomada….

El lobo no la dejó continuar. Estaba ansioso por devorarla y no quería perder tiempo. No se animaba a saltar de la cama temiendo ser descubierto. En ese caso, la agilidad de Caperucita podría poner distancia para sus dientes. Si, Caperucita echaba a correr, pronto la socorrerían en la aldea. Así es que cortó un discurso de la niña diciéndole:

– Déjate de pamplinas y métete en mi cama, tengo mucho frío y quiero que me des un poco de calor. Como que desde muy chiquita Caperucita había dormido con la abuela, no extrañó entonces el pedido. Y luego de doblar su caperuza sobre el respaldo de una silla, se quitó los zapatos y el vestido, y se acostó. Y al llegar al dormitorio, había notado las grandes orejas que al lobo se le escapaban de la cofia. Pero al levantar las sábanas distinguió también las largas extremidades del animal.

– ¡Qué orejas tan grandes tienes, abuelita! Nunca me había dado cuenta.

– Son para oír mejor, hijita- dijo el lobo.

– Tus brazos son también muy grandes, abuelita.

– Es que te quiero tanto, querida – dijo el lobo – que se me agrandan cada día para abrazarte mejor.

Ya en la cama Caperucita, fue notando con más precisión el tamaño desmesurado del animal, en proporción con el que recordaba ella de su abuelita.

– Pero abuelita, ¡cómo te han crecido las piernas!

– Es para correr mejor hijita, dijo el lobo.

– Y ¡qué ojos tan grandes tienes!

– Es para mirarte mejor, querida.

El lobo comenzaba a abrir desmesuradamente la boca y Caperucita notó lo afilado de sus colmillos.

– ¡Qué dientes grandes tienes! Abuelita- dijo Caperucita

Y aquí el lobo, al tiempo que lanzaba un zarpazo con diabólica sonrisa, dijo:

– ¡Es para comerte mejor tontuela!

El salto instantáneo que dio Caperucita, impidió que la dentellada del lobo la deshiciera. Comenzó a pedir:

– ¡Socorro, socorro! – con toda la fuerza de sus pulmones, al tiempo que corriendo por la habitación intentaba escapar. Pero fueron inútiles sus gritos; arrinconada en un extremo, pronto la alcanzó lobo y la tragó sin masticar siquiera.

Tras comerse a dos personas, el lobo se sentía pesado, fueron lentos sus movimientos y no pudo correr como había planeado para llegar a su madriguera. Así es que, al abrir la puerta para escapar, distinguió a lo lejos las figuras de dos leñadores que, esgrimiendo sendas hachas, se aproximaban a la casita. Habían oído los gritos de Caperucita y teniendo algo grave, se dirigían a buscarla. Quiso el lobo para salvarse, arrojarse sobre ellos y desarmarlos. Pero tras dar un salto, vino a caer precisamente sobre el filo de una de las hachas que en ese momento levantaba uno de los leñadores. Un aullido siniestro que resonó en todo el bosque anunció que estaba herido mortalmente.

Por la ancha herida que el hacha había abierto su vientre, asomó primero la capucha encarnada y luego la carita pálida de susto de Caperucita Roja. No había muerto, porque el lobo, con ansia feroz que le dominaba, le había comido entera sin tocarla con los dientes.

Pronto, la auxiliaron los leñadores abriendo el lobo en dos; y así pudo salir también la abuelita, que estaba igualmente viva, aunque desmayada del susto.

Cuando horas después apareció la mamá tal como lo había prometido, caperucita llorando amargamente, confesó su desobediencia y las terribles consecuencias que de ellas habían derivado. Por no haber seguido el camino del medio más polvoriento, por más seguro como mamá le había indicado, tropezó con el lobo y por haberle contado a ese desconocido, la enfermedad de su abuelita y donde vivía; por todas esas desobediencias fue devorada. Y hubiera muerto, al no haber la Divina Providencia, dispuesto la asistencia de esos dos leñadores.

Caperucita se quedó viviendo con su abuelita, hasta que esta estuvo completamente restablecida. A menudo pensaba en todo lo que por su desobediencia la había pasado y prometía a su mamá seguir en adelante sus consejos con fidelidad. Y así sucedido, en efecto, no se contentó con las promesas y lo que cambió completamente y se convirtió en, una niña atenta, seria y obediente.

Después de un tiempo de lo ocurrido, solicitó y obtuvo de su mamá la autorización para ir con una amiga a pasear por el bosque. Se acordaba mucho el corderito y quería dar en su casa una agradable sorpresa. Con ánimo y decisión se introdujo en el bosque y llevó a su compañera a través de montes y valles, como si siempre hubiera vivido por aquellas soledades. Sin pérdida de tiempo, se presentaron bien pronto en la choza de los pastores. Apenas la divisó el perro, cesó de ladrar y se acercó a ellas contento por haber encontrado de nuevo a su amiguita.

Caperucita vio que salía humo de la chimenea, lo cual se alegró mucho, pues era señal segura de que estaba el dueño y podría hablar con él. Y así sucedió, porque apenas el pastor oyó hablar de las niñas, salió la puerta y las invitó a pasar con mucha amabilidad. Ellas aceptaron complacidas. Y ya en la humilde choza merendaron con él y oyeron interesantísimas historias de su vida por aquellos parajes. En el momento oportuno, Caperucita aprovechó para contar sus propias aventuras y concluyó pidiéndole el lindo corderito de la cintita roja El pastor y la escuchó con interés y éxito de buen grado hacerle el obsequio. Y fue más allá de su generosidad, pues regaló además a las niñas, sendos quesos que él mismo había fabricado. Caperucita se echó el cordero al hombro y muy contenta, llegó a su casa, siendo su presencia motivo de grande alegría para todos. Era el premio por su obediencia.

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